A Luiz Inacio Lula da Silva tras ganar las elecciones en Brasil, le ha correspondido la misión de convertirse en el presidente del país más grande, más rico y más pobre de América Latina.
Y aunque parezca una contradicción, esa es simplemente la realidad.
Es la mayor nación latinoamericana con 8 511 996 kilómetros cuadrados, el más rico porque posee recursos naturales que van desde hierro, manganeso, níquel, fosfato, platino, uranio, estaño, petróleo y energía hidráulica hasta una inmensa selva amazónica con abundantes flora y fauna; y es el más pobre porque 57 millones de sus 170 millones de habitantes se encuentran en la extrema pobreza.
Después de ocho años en el poder, el anterior presidente socialdemócrata, Fernando Enrique Cardoso logró controlar la inflación que era galopante en el país pero dejó como rezago una agobiante deuda externa y profundos problemas sociales.
Durante los ocho años de Cardoso se incrementó la deuda externa que se sitúa en alrededor de 280 000 millones de dólares, lo que representa más del 50 % de su Producto Interno Bruto; la economía registró un crecimiento promedio del 2,2 % y en los dos últimos años 1,4 % que resultan insuficientes para cubrir el desempleo estructural y dar trabajo a los 1,6 millones de jóvenes que cada año entran al mercado laboral.
Otro elemento en contra del saliente mandatario fue que a finales de la década de los 90 privatizó numerosas empresas como telefónicas, transporte y bancos, y sus críticos se preguntan a dónde fueron a parar los más de 100 000 millones de dólares recaudados.
A esta situación se suman las condiciones impuestas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) para la entrega de 30 400 millones de dólares de asistencia financiera.
Desde septiembre del 2002, el nuevo crédito Stand-by puso a disposición de Brasil, 30 400 millones de dólares en 15 meses (80 % disponible a partir de este año), a cambio de que el gobierno sostenga un excedente fiscal de 3,75 % del 2003 al 2005, que será chequeado trimestralmente por la institución.
Pese a que el gobierno norteamericano de George W. Bush había asegurado que no estaba de acuerdo en que los organismos financieros internacionales continuaran entregando ayudas monetarias a las naciones en desarrollo, cuando le tocó el turno a Brasil, hubo una recapacitación.
Según el diario The Wall Street Journal, los funcionarios de Washington recibieron presiones de los banqueros estadounidenses, pues comprendían que una cancelación de pagos de la deuda por parte de Brasil, al igual que la ocurrida con Argentina, pondría acabar con las economías latinoamericanas y tener repercusiones en Estados Unidos.
El mayor riesgo de una rebelión brasileña sobre el pago de intereses de su deuda afectaría inmediatamente a los bancos europeos y estadounidenses que tienen más de 90 000 millones de dólares ubicados en la economía del gigante sudamericano.
Brasil debe pagar cada seis meses abultados intereses de su deuda (que según el Banco Mundial equivale al 10 % de la deuda exterior del orbe) si desea recibir nuevos empréstitos. O sea, liquida intereses mientras continúa creciendo su deuda.
El PIB de Brasil es de unos 550 000 millones de dólares, el segundo de América Latina después de México, pero la distribución de la riqueza es completamente desproporcionada: el 1 % de la población posee el 14 % de los bienes, más que todos los pobres juntos.
El Instituto de Pesquisa Económica Aplicada (IPEA), señaló que la sociedad brasileña tiene 27 millones de miserables, 30 millones de pobres, 60 millones de personas de clase media baja, 50 millones de clase media y dos millones de ricos, pero la reconocida Fundación Getulio Vargas afirmó que existen otros 20 millones de personas sin estar registradas oficialmente y sin que porten documentos.
Esa legión "fantasma" subsiste con un ingreso de unos 30 dólares per cápita, según también atestiguó el IPEA.
Esa realidad se debe a que el modelo neoliberal que se expandió por la nación, junto a los problemas estructurales del país han generado desempleo, bajos salarios, inequitativa distribución de la renta, falta de políticas agrícolas y aumento del precio de los alimentos.
En la cruzada de gigantes que se pretende librar, Lula ha prometido al pueblo, que lo eligió con un 76 % del sufragio, que luchará por doblar el salario mínimo, generar 10 millones de empleos y terminar con el hambre de 57 millones de pobres, aunque también ha advertido que la situación es difícil.
El flamante presidente conoce la pobreza. Nació en el misérrimo nordeste brasileño de donde a los siete años salió hacia el industrial Sao Paulo, junto a su madre y siete hermanos. En esa ciudad lustró zapatos, fue obrero metalúrgico y lideró huelgas contra las políticas sociales de las dictaduras militares.
La tarea de resolver los neurálgicos problemas económicos y sociales se le presentan a Lula como la misma dimensión del gigante brasileño, y su programa a pesar de estar atado financieramente, está dirigido a mejorar la alimentación, la salud y la educación del pueblo.
En ese sentido, su primera decisión fue postergar la adquisición de 12 aviones norteamericanos de combate que le costarían al país 760 millones de dólares.
El ministro de Defensa José Viegas aseguró que esos recursos reforzarán el plan de lucha contra el hambre y agregó que las fuerzas armadas se sumarán al combate de la pobreza con su participación en planes de desarrollo social.
De estas políticas realistas, soslayando medidas neoliberales, está falta Latinoamérica. Brasil, con sus contrastes, pero con su enorme fuerza, puede marcar ese cambio tan necesario para el hemisferio sur. .