Imaginemos, que de la noche a la mañana, los grandes consorcios mediáti-cos globales nos vendan la idea de que los terroristas que lanzaron los aviones contra las Torres Gemelas y el Pentágono son "disidentes" y que Osama bin Laden es un "luchador por la democracia".
No se trata de una idea descabellada; simplemente que al imperio le convenga para que lo inaudito lo disfracen con una hoja de parra para tratar de convencer al mundo de lo que ayer fue ya hoy no lo es.
La técnica es tan añeja como el viejo Sigmud Freud: las ideas pueden ser implantadas en la mente humana. De ella se apropiaron quienes en el último siglo se han pretendido arrogar el derecho de gobernar al mundo o una parte de él.
Devino tradición imperial: lo hicieron los colonialistas ingleses en África al presentar a los negros como animales. Goebbels convenció a Alemania de que el exterminio de los judíos era un acto saludable para la purificación de la raza.
La receta la repitió la OTAN cuando la agresión a Yugoslavia para justificar, con una supuesta violación masiva de mujeres musulmanas, el genocidio que siguió a su intervención en el conflicto.
Qué decir de los gobiernos de EE.UU. que no se haya dicho sobre el tema. Los cadáveres aún insepultos en Iraq dan fe de ello.
La capacidad de mentir y desinformar al mundo que hoy dispone el pretendido Emperador del planeta se basa en la posibilidad de disponer de una colosal máquina de manipulación sin precedentes para tratar de imponer con bastante eficacia sus ideas y puntos de vista.
Terrorismo, democracia y derechos humanos son las piezas clave del orden del día imperial que tienen su expresión permanente en la agenda de los grandes medios de comunicación de masas.
Tales fichas, como sabemos, no se mueven por un ejercicio ético, sino por factores de conveniencia política hegemóni-ca.
El caso de Cuba es elocuente y de larga data. Tal es el ejemplo de hipocresía y doble rasero en el tratamiento del tema de los derechos humanos.
El referente más cercano lo vivimos en estos momentos.
Hoy, el derecho a la legítima defensa que el pueblo cubano se da al condenar severamente a mercenarios pagados por Estados Unidos y a terroristas secuestradores de aeronaves y embarcaciones que ponen en grave peligro la vida de personas inocentes, se ha convertido por las transnacionales de la información en un acto de lesa humanidad.
La artillería mediática imperial le otorga al tema "relevancia social", le da a la mentira barniz de verdad y dispara su avalancha de mensajes falaces sobre la opinión pública para buscar una reacción condenatoria contra Cuba e ir sedimentando un clima propicio para acciones de mayor envergadura y gravedad.
¿Cómo es posible activar e influir sobre ese reflejo de la conciencia social y su capacidad de reaccionar ante semejante situación?
Pues mediante la información que recibe, volumen, grado de revestimiento de aparente fidelidad, las formas en que se plantea, sus portavoces. Los ejemplos resultan obvios.
Como es de suponer, en ello tiene un peso específico determinante quien controle la capacidad de socializar la información, es decir, de los medios. En otras palabras, lo que llega al público es una versión manipulada de los hechos a imagen y semejanza de los intereses de EE.UU.
Para nadie es un secreto el proceso de concentración de los centros de información y difusión del mensaje que se ha venido verificando resultante de la ola neoliberal, como también el alto grado de simbiosis entre el poder político y el negocio privado de la comunicación de masas. Todo ello se sintetiza en la vieja sentencia de ...poner la Iglesia en manos de Lutero.
El asunto no queda ahí, pues la vulnerabilidad de la opinión pública en nuestros días también pasa por fenómenos como el nivel de fragmentación social, la falta de referentes y la influencia degenerativa de la mcdonalización de la cultura, entre otros factores de carácter sociológico frutos de la globalización neoliberal y la imposición del criterio hegemónico.
Tales condiciones propenden a la formación de un público con menos capacidad de orientarse y, por tanto, más proclive a ser moldeado por el punto de vista uniformador que ejercen las transnacionales de la información.
Como puede apreciarse, lo más grave de este proceso radica en que la opinión pública es despojada de su valor auténticamente democrático y se hace manipulable por los consorcios mediáticos del imperio. Ello se acentúa cuando esa reacción de la conciencia social, con el conocimiento cabal de la verdad, pasa por encima de tales condicionamientos mediáticos y no encuentra reflejo en esos medios como espejos que deberían ser de la realidad socialmente relevante.
La libertad de expresión que supone la opinión pública, a estas alturas resulta más un ejercicio metafísico que trasluce las ideas fascistas y a la cual hay que conjurar a tiempo. .