¿Por qué le temen a la verdad?
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Más de 3,000 muertes ha cobrado el terrorismo
  Ahí está, en la memoria, el cuerpecito de Orosmán, amarrado y sin vida en la caseta de Guardafronteras de Tarará. Era casi un niño y lo ametra-llaron sin compasión junto a Yuri y Rafael, solo para que no quedaran testigos del robo de la lancha.
  Otro, Rolando, no sobrevivió a las terribles heridas, a pesar de que se hizo lo humano y lo divino por salvarle la vida.  "Fue como en las películas", dijo el asesino, una frase que hace gala de la frivolidad conque puede perpetrarse un crimen, sobre todo si se tiene la certidumbre de que, "como en las películas", lo recibirían al otro lado del mar con los honores dignos de una estrella de Hollywood, hiciera lo que hiciera, y cuanto peor, mejor.
  Otro criminal, que dejó a su víctima flotando en las aguas del Mariel, haría la señal de la victoria frente a las cámaras de la televisión de Miami. Salvo la madre, la viuda, los hijos y el pueblo de Cuba, a nadie más se le oyó exigir justicia y señalar con el dedo a Leonel Macías, el hombre que no solo no pagó por el asesinato de Roberto Aguilar, sino que se pasea despreocupado y con ínfulas de héroe en las romerías de la  Calle 8.
  Más de 3 000 muertes -exactamente 3 478-, un escandaloso crimen colectivo, ha cobrado el terrorismo alentado y financiado contra Cuba desde el territorio norteamericano.
  Prácticamente no hay un ciudadano de este país que no tenga un hijo, un sobrino, un padre, un conocido asesinado o superviviente de agresiones que hacen gala de un amplio y bien surtido muestrario: desde bombas en los hoteles hasta epidemias mortales; desde plagas en los cultivos hasta ametrallamientos de los bañistas en las playas.
  Orlando Bosch no es el nombre de un inofensivo "luchador por la libertad", como se le presentó recientemente en un programa de radio que convocó a una marcha "pacífica" en Miami -Iraq ahora; Cuba, después", decían los manifestantes-, sino el autor intelectual de la voladura de un avión con 73 personas a bordo.
  Sin embargo, ninguna de esas muertes o de esos planes, ejecutados o no, merecieron un concierto de titulares de periódicos, ni ilustres plumas indignadas, ni rabiosos editoriales, ni funcionarios enfurecidos... como si los muertos se hubieran matado solos, o se hubieran situado por accidente bajo una bomba que, lamentablemente, pasaba por ahí.
  Como si esos crímenes valieran apenas el indulto del silencio, solo porque habían tenido lugar isla adentro. Como si nuestros muertos, nuestras viudas y nuestros huérfanos fueran de una categoría inferior, indignos de los alaridos humanitarios que provienen de allende los mares en muy selectas ocasiones. 
  Aún cuando ya estamos curados de espanto y no nos sorprende el sentimentalismo fácil e hipócrita de quienes blanden el hacha de los "derechos humanos", cuando difícilmente lo habrían hecho mientras morían (y mueren) muchos de nuestros compatriotas, no deja de ser asombroso la manera en que esgrime esa gastada tesis el gobierno de Estados Unidos -el mismo que todavía asesina niños, mujeres y periodistas indefensos en Bagdad- y el talento de prestidigitador para borrar de los medios de prensa los costos de la guerra en Iraq.
  En Cuba a nadie se le ocurriría alegrarse de un fusilamiento, por inevitable que fuera una sanción de este tipo. A nadie se le ocurriría dudar de que este tipo de recurso extremo dejará de ser eso, algo meramente excepcional. 
  Lo que tampoco a nadie se le ocurriría aquí es abstraerse del contexto: nada de eso hubiera ocurrido si sistemáticamente no se hubieran desconocido a las víctimas del terrorismo y protegido a sus asesinos. Si esa no fuera (como lo es) una práctica no solo inhumana, sino sádica.
  Cuando comenzaron los secuestros a los aviones, hace unas pocas semanas, nadie se sorprendió en la Isla con la noticia de que el Juez King, de la Florida -un viejo conocido-, pidiera la liberación de los secuestradores. Cualquiera que llegue allá en circunstancias similares, asesinando o no a mansalva, sabe que será indultado. Es una práctica tan antigua como la Revolución misma.
  Hasta un niño sabe que no solo ser "disidente" es un oficio bien recompensado por la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba, sino ser un delincuente.
  No tienen la visa legal, pero se puede optar por la aventura temeraria, más provechosa a los ojos de la propaganda satanizadora contra la Isla.
  Y hay que verlos cómo se comportan estos salteadores y rateros con un cuchillo o una granada en la mano, para entender por qué se creen superiores, infalibles, invictos, y en consecuencia el bien ganado odio de la comunidad los reconforta, les templa el ánimo, les afila los dientes.
  ¿Cuántos Orosmán, Yuri, Rolando, Rafael y Roberto harían falta para merecer un pie de página en un país "democrático"?  Ya se sabe que ni 3 000, ni 30 000 serían suficientes.
  El inocente no clasifica en los sesudos análisis periodísticos, y mucho menos el de Cuba, un país al que solo le llegan desde el exterior amenazas, bloqueos, agravios, deformaciones de noticias, intimidaciones, cortes de petróleo y chantajes económicos.
  Así ha sido, y así será, salvo -como también suele ocurrir- que gente honesta intente distanciarse mínima-mente de la papilla simplificadora que se repite en torno a la Isla. Entonces, descubrirá lo de siempre: tras la calumnia desenfadada e impúdica, solo queda el abismo de la verdad. .
Por Rosa Miriam Elizalde