Era un punto verde, hasta que el zoom de la cámara fue abriéndose, del pañuelito que apretaba su pelo al cartel que sobrevolaba su cabeza, letra a letra, cerca de Piccadilly Circus: "Haga té y no la guerra", junto a una fotografía de Tony Blair con un tazón a modo de sombrero (o casco).
Se amplió más el foco y ya no cabía la gente, y la risa, y las manos apretadas a las pancartas y la vida calle arriba: "Stop USA", agitaba la multitud que era la misma, y otra, en Londres y San Francisco, en Roma y París, en Tokio y Madrid.
Las cámaras filmaban a una hora de este sábado en la que también se podía sentir la sacudida casi desde cualquier punto del mundo, movilizado o no.
El planeta, por fin, estiraba los brazos después de un largo y detenido reposo, y se disponía a caminar por su propia voluntad, a respirar por sí mismo.
Por primera vez en décadas, parecía realmente girar en el sentido opuesto al acostumbrado, y si una pegaba el oído al suelo, se escuchaban las pisadas de la gente y el eco de los gritos, un murmullo perceptible a kilómetros de distancia, renovado de ciudad en ciudad, palpitante, como puede serlo el paso de la sangre en el interior laberíntico del cuerpo cuando prestamos atención a lo que ocurre dentro de nosotros.
No solo habló la tierra. Hablaron, también, las paredes. "La sangre nos guía, la sangre nos levanta, con la sangre dormimos y con la sangre nos despertamos, con la sangre nos perdemos y nos salvamos, con la sangre vivimos, con la sangre morimos... Pero no queremos sangre por petróleo", estaba escrito a dos cuadras de la Cibeles.
Junto a la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, se leía a Gandi: "No hay caminos para la paz: la paz es el camino". Cerca de Tlatelolco alguien recordó, cambiándolos discretamente, estos conocidos versos del Nobel mexicano: "Quiero grabar el nombre de la paz/ Hasta que la hoja de mi navaja/ Sangre/ Y la piedra grite/ Y este muro respire como un pecho..."
Lo que ha dicho este sábado el planeta con sus gentes y sus calles y sus árboles y sus angustias- es que no permanecerá indiferente ante las guerras que Estados Unidos y sus aliados anuncian, siempre allá, a lo lejos, en lugares "exóticos".
Que ya no habrá más bombas inteligentes o idiotas que estallen en la conciencia culpable de quienes habían optado por el silencio. Que el mundo reaccionó, finalmente, a esos continuos funerales previos que padece la humanidad. Que de una vez y por todas se ha pasado del horror y la piedad por las víctimas a la denuncia. Que lo que antes se decía en voz baja, ahora retumba. "No más silencios", y sonreía la muchacha del pañuelito verde que en un instante televisivo de Piccadilly Circus se coló en nuestras casas. "No a la guerra; no en nuestro nombre", dijo ella, y muchos, y todos nosotros en este sábado inolvidable. .