El vil engaño apareció de inmediato en diarios y noticieros radiales. La versión oficial y no hubo otra, decía que los asaltantes revolucionarios habían degollado a los soldados del Ejército en las camas del Hospital Militar. Con esa falacia comenzó la campaña de mentiras. La inmediata censura de prensa dictada por el entonces régimen de facto, le abrió a este todas las oportunidades para proseguir su infernal guerra mediática, con los instrumentos existentes.
La guerra mediática contra Cuba, la justicia y la verdad, a causa de la Revolución cubana, se ha incrementado con armas que no llegó a vaticinar Julio Verne. La vuelta al mundo pudo idearla en 80 días, mientras hoy se realiza en unos segundos por medios electrónicos.
Digo «incrementado» para referirme a la guerra mediática en esta etapa de la Revolución porque la modalidad más contemporánea comenzó hace cincuenta años.
Durante un diálogo con intelectuales y artistas cubanos, Fidel recordaba cómo cuando el asalto al Moncada, el 26 de julio de 1953, la versión mentirosa que hicieron correr los enemigos del pueblo contra los asaltantes, fue tenebrosa. El vil engaño apareció de inmediato en diarios y noticieros radiales. La versión oficial y no hubo otra, decía que los asaltantes revolucionarios habían degollado a los soldados del Ejército en las camas del Hospital Militar.
Con esa falacia cruel comenzó la campaña de mentiras. La inmediata censura de prensa dictada por el entonces régimen de facto en un santiamén devenido sangrienta tiranía, le abrió a este todas las oportunidades para proseguir su infernal guerra mediática, con los instrumentos existentes, pero contumaz.
Aquel 26 de julio de 1953 a la 1:30 de la tarde daba inicio el proceso revolucionario que culminó con la victoria del Primero de Enero de 1959, el ejercicio siniestro. Entonces el Ejército era asesorado por una Misión Militar Norteamericana, como era y es usual en casi todas las naciones del área. El casi es pura cortesía; en realidad la excepción sin costuras está en la soberana Cuba.
Vale el siguiente recordatorio:
Un año antes del asalto al Moncada, encabezado por el joven abogado Fidel Castro, un militar de nombre Fulgencio Batista, cuya fidelidad irrestricta a las administraciones norteamericanas había sido probada desde la década de los años 30 del siglo pasado y a quien llamaban «el hombre fuerte», arrasó con el gobierno institucional del doctor Carlos Prío Socarrás venal, pero legítimo elegido mediante sufragio universal y voto directo, en elecciones generales multipartidistas a la usanza de la santificada democracia representativa. El golpe militar (10 de marzo de 1952) fue convalidado de inmediato en Washington y el mundo, aunque la primera medida adoptada por el golpe militar fuera arrasar con la Constitución de la República de Cuba, y suspender las elecciones generales convocadas para el mes de junio del propio año. Los estudiantes defendieron la Constitución legítima, se recogieron miles y miles de firmas; pero el régimen dictó sus propios estatutos constitucionales.
A grandes rasgos esa era la situación existente el 26 de julio de 1953. Los revolucionarios se aprestaron a revertirla en el Moncada y Bayamo. Fallida la acción por sorpresa, planeada hasta el detalle, a causa de un hecho casual, el Ejército desató una orgía de sangre.
Las falacias mediáticas fueron creciendo para justificar los crímenes y desacreditar, o satanizar, a los héroes y mártires de aquel día. Tal vez la más cruel de las mentiras fuera aquella del «degollamiento» y vil uso de armas blancas contra militares hospitalizados e inermes. Se insistía en esa falacia para exacerbar a los soldados del Moncada, al ejército de Batista en general e impedir la simpatía de las personas que no podían tener otra referencia del caso sino que «los asaltantes degollaban a los soldados y le abrían el vientre con cuchillos de carniceros».
También dijeron, se publicó en la prensa ocupada por los censores, y se propaló en la radio, que los asaltantes habían usado guantes para matar y no dejar huellas. Leamos un titular «Ocupan material de guerra en un barco que llegó de Canadá». Se llegó a un extremo ridículo como el contenido en esta información aparecida en un periódico local: « (...) el Canadian Hinghander que llegó al puerto de Santiago de Cuba fue objeto de un acucioso registro porque el vapor traía 5 000 pares de guantes de goma, así como gran cantidad de bursato de cobalto, material radioactivo de índole atómica, consignados a la entidad Can y Cia, radicada en La Habana».
Por supuesto, no podía faltar la otra mentira, que se repetiría después del desembarco del yate Granma: «Muerto Fidel Castro, peleando contra el ejército», publicada en el diario Ataja el 29 de julio de 1953 un día antes de que el líder fuera hecho prisionero por un militar honesto que reprobaba el crimen, el teniente Sarría. En los momentos de la publicación preventiva a la nota que habría «muerto en combate» Fidel y un grupo de sus compañeros resistían aún en las estribaciones de la Gran Piedra, próximas a Santiago de Cuba. Sería detenido exhausto y dormido con dos jóvenes más. Oscar Alcalde y José Súarez Blanco un vara en tierra, por la finca Mamprisa, cerca de Siboney.
Está muy claro que aquel titular de «Ataja» no era casual. El militar que debió hacer la ronda por aquella zona el día 30 no era el teniente Sarría, sino otro a quien llamaban «el carnicero», quien por razones particulares, «de faldas» le pidió a Sarría que encabezara la patrulla porque él se sentía enfermo aunque le trasmitió la orden que tenía de acabar con la vida de Fidel «en combate», y no conducirlo vivo al Moncada. La cual transgredió Sarría en los dos puntos.
Es interesante transcribir, textualmente, la nota del Ejército publicada con un gran titular en la fecha mencionada, a continuación de la falaz frase anunciando la muerte del líder: Decía así: «En los momentos de editar en prensa esta edición de Ataja nuestro director Alberto Salas Amaro, estableció comunicación telefónica con el Cor. Alberto del Río Chaviano. Interrogado el Jefe del Regimiento No.1 'Maceo', sobre las últimas noticias declaró: que aún se continuaba persiguiendo a pequeños grupos aislados. Y que el orden en toda la región era absoluto.
«Posteriormente fuimos informados por nuestro Enviado Especial que el Cor. Ugalde Carrillo se encuentra trabajando intensamente en el examen de las huellas dactilares, estimándose, con toda seguridad, que entre los civiles enterrados sin identificar que murieron en el asalto al Moncada, cayó el jefe de los asaltantes, Fidel Castro».
La mesa estaba servida.
Pero, menos de 36 horas después un oscuro teniente de color y posición jerárquica que sustituía al «carnicero», y quien conocía de vista al joven Fidel Castro en la Universidad de La Habana, donde el teniente estudiaba por la enseñanza libre, fue quien hizo cambiar el destino, o mejor dicho, el plan fraguado. Le diría que no declarara su nombre delante de sus subalternos. En medio de un forcejeo entre los soldados por llevarse «el botín» ya que, de todos modos, se trataba de un asaltante y a cambio recibirían alguna retribución o ascenso, Pedro Sarría Tartabull, los reprendió con una frase contundente: «Las ideas no se matan». Fuerte y corajudo, el teniente condujo al prisionero que había descubierto dentro de aquel bohío y lo trasladó contra viento y marea hacia el Vivac Municipal. No lo llevó al Cuartel Moncada donde se hubiera fraguado el asesinato, cuya esquela fue anticipada en la publicación de un periódico amarillo totalmente dependiente del «gobierno de facto».
Mentiras y más mentiras. Programación mediática meticulosa, desde entonces. Ocultamiento con alevosía de la verdad, fabricación de la mentira, tergiversación del hecho:
Pues lo cierto de esta historia es, que en menos de cuatro horas el Ejército había ejecutado más de 40 penas de muerte extrajudiciales en las mazmorras del Moncada, y sumados unos días más, se elevaría a 60 el número de prisioneros torturados y asesinados. Esa verdad no se trasmitió ni publicó en ningún diario nacional, ni de ella se hizo eco ninguna agencia de prensa internacional. Ningún periodista extranjero investigó absolutamente nada al respecto y en Cuba estaban acreditadas las más importantes agencias de noticias. En los medios, las notas del gobierno y declaraciones del régimen, mencionaban con eufemismo «combates» que nunca fueron y «asaltan-tes muertos en enfrentamientos con el ejército», en cualquier lugar de la provincia de Oriente.
Sería en el juicio, iniciado el 21 de septiembre cuando los acusados, convertidos en acusadores denunciaron el asesinato de sus compañeros. Pero todavía había censura de prensa, y tampoco se conoció la verdad a través de los medios. En ninguna parte del mundo se mencionaron las palabras «derechos humanos», ni «asesinatos extrajudiciales», no recuerdo siquiera que una organización imparcial como La Cruz Roja tomara cartas en el asunto.
Por eso, esta nota se refiere al incremento de la guerra mediática contra la justicia, porque ya hace años que la Revolución, en su primer intento la había padecido, pero no fue la única mentira propalada y no aclarada, sino en el juicio con censura.
Hubo más mentiras, insistentemente divulgadas desde el mismo 26 de julio en la conferencia de prensa del Jefe del Regimiento, quien además leería un informe oficial, enviado a Santiago de Cuba, desde La Habana, plagado de injurias y falsedades como: Que el ex presidente Carlos Prío Socarrás, derrocado el 10 de marzo por el General Batista, le había enviado a Fidel ¡un millón de pesos!, por conducto de un dirigente de su Partido (Auténtico), de apellido Arango Alsina. Lo cierto era que todos los gastos del movimiento que se conocería como la Generación del Centenario, por representar los ideales de Martí y reivindicar al Apóstol en el año de su centenario, habían sido sufragados por los propios integrantes, según sus posibilidades económicas. Para poner un solo ejemplo, el fotógrafo Chenart, vendió su cámara, único instrumento de trabajo, y entregó el dinero ¿cuán poco sería? al movimiento.
Se dijo y publicó, oficialmente, que los asaltantes llevaban granadas. Hubo un chiste al respecto en el transcurso del juicio. El abogado de los asaltantes doctor Baudilio Castellanos, le preguntó al militar que lo aseveraba, si lo que él vio «volar», y «alcanzó a tomar en sus manos», no sería un anón en vez de una granada. Un miembro del Tribunal que gustaba hacer versos y décimas de ocasión comentó «que donde el cabo vio una granada, Baudilio descubrió un anón: cuestión de frutas cambiadas».
Echaron a rodar más falacias, sin desmentidos de ninguna clase, impunemente. Por ejemplo, que entre el grupo de asaltantes había mercenarios, nada menos que indios putumayos ; que las mujeres, Haydée Santamaría y Melba Hernández, se habían negado a atender a un militar herido, aunque se hacían pasar por enfermeras . Un médico, Mauricio León Orúe, aclararía en el juicio que fue todo lo contrario e incluso «la rubia», cuyo nombre desconocía, lo llamó y en medio del tiroteo frente a la puerta del Hospital Civil, «esa que ahí está sentada, me ayudó a arrastrar al herido para prestarle los primeros auxilios, pero ya estaba muerto».
Las alevosas mentiras llovían.
Desde aquel día afirmaron que los asaltantes, con armas blancas y muy bien armados tocaban en las puertas de familiares de los militares para asesinar a la gente: mentiras crueles, que pueden ser corroboradas en las hemerotecas, y, yo doy fe de ellas, porque, al fin y al cabo, cincuenta años no es nada y lo recuerdo.
Aunque entonces no había Internet, ni estaba tan globalizada ni monopolizada la información, la realidad es que ninguna fue desmentida por funcionario alguno, ni en los periódicos censuradas. Tampoco organización internacional de ningún tipo las protestó. Serían, en primera instancia, los combatientes sobrevivientes, el primero Fidel en los dos juicios Palacio de Justicia y Hospital Civil quienes las desmintieran.
De ahí la importancia extraordinaria de la reconstrucción por parte del doctor Fidel Castro, en la prisión de Isla de Pinos, de La Historia me Absolverá y la publicación y distribución clandestina, en todo el país, del alegato donde se denunciaban los crímenes, se desmentían las falacias y quedaba constancia del programa del Moncada. Se trataba de la victoria estratégica del Moncada, iniciada el 21 de septiembre de 1953 cuando los acusados se convirtieron en acusadores.
Ahora, sigue el método de la mentira contra Cuba y la Revolución, o el escamoteo de la verdad; aún más sofisticado y universal. Para la vigencia reaccionaria de Goebbles, no existe otro antídoto ni destrucción que la verdad. Y la verdad, al cabo triunfó cuando la naciente Revolución no tenía ningún medio importante de información masiva en sus manos. La inteligente exposición y divulgación de las ideas destruyeron aquel muro imponente de calumnias, farsas y tergiversaciones. Cuando me preguntan que, a mi juicio, cuándo comenzó a dar fruto en Cuba la «batalla de las ideas», respondo que en 1953, paso a paso, con la insignificante propagación oral, verbal, del juicio del Moncada por aquellos pocos si del monto de la población cubana se trata que estábamos escuchando la verdad incluyendo a los que, numéricamente, era el grupo mayoritario: los propios soldados que custodiaban la Sala. Por algo, refiriéndose a ellos Fidel, dijo en su discurso: « ¡Gracias por la seria y amable atención que me están prestando! ¡Ojalá tuviera delante de mí todo un Ejército!». La verdad ganaría la partida, definitivamente, con el alegato de Fidel, ya impreso: La Historia me Absolverá, cuya publicación encomendó Fidel con énfasis y premura a Haydée Santa-maría y Melba Hernández, desde el Presidio Modelo de Isla de Pinos. Después aparecía impresa por amigos de Nueva York y más tarde, en Chile. .