¿Cuándo se abrirá Cuba a los cubanos?
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“Pregunten sin temor...”
   Re-imprimimos por su importancia estas palabras del Presidente de la organización Cambio Cubano, ante la Asociaci6n Nacional de Estudiantes de Derecho de Puerto Rico.
  Junto a la ética personal y la ética de grupo, nada  diferencia más la calidad de las sociedades que las reglas formales que rigen a cada una de ellas y los beneficios sociales tangibles que se deriven de las mismas.
  El fundamento de los sistemas políticos, en la bimilenaria evolución del hombre, se consagra en las leyes que mejoran al individuo o se envilece en las leyes que lo reprimen y atrasan.
  Estar ante un grupo de puertorriqueños que se preparan para el ejercicio de la carrera de derecho, es un honor para quien sueña, como yo, desde muy pequeño, desde el seno de una familia amante de la libertad y la justicia social, con la idea de que las leyes deben existir solamente para garantizar la paz y el bien común dotando a la comunidad de claros mecanismos de responsabilidad compartida y garantizando a cada individuo la absoluta imparcialidad de] proceso.
  Cuba, de donde vengo y adonde voy, se va encaminando gradual, pero indesviablemente, en una vía de transición.  Han sido ustedes sagaces en encontrar tan pertinente título para esta charla.
Nuevos discuros para una
transición pacífica en Cuba
  Lo que allí se fraguará tendrá ciertamente mucho que ver con nuevas leyes y, sobre todo, con el buen tino que podemos hallar los cubanos para darnos una sociedad más plural que no tendría que reconocerse necesariamente en rasgos imitados de otras sociedades, ni estaría obligada a actuar bajo los estímulos externos de determinados vecinos dispuestos a «certificarla».
  Hay pues —¡claro que existen!— nuevos discursos para una transición pacífica en Cuba. Pero una transición pacífica no puede ni debe ser forzada desde Washington ni desde ninguna parte.
  Si frente a una transición gradual vemos que se pretende una conducción apresurada de los cambios no podemos menos que enfrentar tal pretensión por su preocupante ignorancia de los factores que delatan su imposibilidad práctica. 
  Los riesgos son muchos y muy grandes. La cuestión cubana es muy seria.
  Cuando Washington enarbola la bandera de los cambios en Cuba, ello, de por sí, por su tamizado carácter unilateral, inunda el ambiente de una imprudente sensación de injerencismo.
  Ese fantasma de un desmedido ánimo dominante norteamericano sobre Cuba ha sido una fatalidad histórica de las últimas cuatro décadas y un sólido argumento político en las manos de Fidel Castro.
  No se logra una transición pacífica —no ha ocurrido en ninguna parte de] mundo—si no es a través de una generosa voluntad de acuerdo que conjure los riesgos y posibilite la convivencia de todos.
Hace poco más de cuatro años asumimos el enorme reto de ayudar a lograr la paz - es decir, la convivencia entre todos los cubanos - en lugar de atizar viejos odios o volver a proclamar una guerra que ya habíamos hecho y por la que habíamos pagado 22 años de duro presidio.  No descubríamos, por supuesto, un discurso de transacción entre adversarios, puesto que la década daba continuidad y ha sido testigo de múltiples procesos de pacificación y acomodo político cuya efectividad —a corto y a largo plazo— quedaba probada en varias latitudes del planeta y, en nuestra área, propiamente en Centroamérica.
  Sin embargo, éramos, hasta cierto punto, una voz nueva que rompía con la desprestigiada cacofonía de la intransigencia.  Nuestra propuesta precisaba una profundiza-ción del conflicto cubano:
  Por un lado, nunca había sido tan obvia la necesidad natural de Cuba de asumir formas más abiertas de gobierno.   
  Con el desplome y disolución de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se desmoronaban también los estrechos nexos de Cuba con ese bloque y, lo mismo que el gobierno cubano se veía obligado a reformar radicalmente su economía y hasta las normas orientadoras esenciales de su vida social, la oposición se veía obligada por su parte a modificar su cansan discurso: en el llamado «Mundo Global» — o si lo prefieren, unipolar —ya no sería atinado el lenguaje de la Guerra Fría y, eventualmente, todas las partes hallarían una forma de adaptarse a las nuevas circunstancias.
  Ante los antecedentes del anciano y depredador diferendo entre los EE.  UU y Cuba, lo ético y lo provechoso para la oposición al gobierno cubano sería entonces demostrar su independencia de pensamiento, criterio, estilo y acción.   
  Hacerlo a todo riesgo -incluso el de ser llamados «antiyankis» —, a toda costa.
  Si bien no faltarían los que nos acusarían de «traidores», para nosotros el dilema ético resultaba de la clara opción entre actuar honorablemente para salvara la Nación Cubana ante el cambiante desafío que el propio gobierno cubano comenzaba a asumir, no sin cierta oportuna versatilidad y habilidad política, o petrificamos en la gastada retórica de confrontación.
  Esta era, a grande rasgos, nuestra visión del momento que nos tocaba vivir.  Así nació Cambio Cubano, coincidiendo con la fecha del nacimiento de Martin Luther King y trayendo un mensaje de renovación ideológica que se resume de esta manera:
  Somos una fuerza opositora real y verdaderamente independiente. Nos definíamos, de una manera muy simple, rompiendo, desde nuestros inicios, con el diseño ultraderechista y revanchista que parecía marcar a la oposición tradicional cubana en el exilio.
  Somos una fuerza progresista.  Asumimos nuestra inclusión en el mundo: como caribeños, como latinoamericanos, como iberoamericanos, etc.  Entendemos, a partir de una formación socialdemócrata, que el neoliberalismo no es la panacea de fin de siglo, mucho menos para los países pobres.
  Somos una fuerza en favor de la solución pacifica y creemos, sin falsa ingenuidad, que los cubanos en el gobierno y en la oposición podemos conversar y planear nuestra eventual conciliación.
  De hecho, en esta línea, como ustedes ya hemos sostenido conversaciones con el presidente del Gobierno cubano y hemos solicitado, entre otras cuestiones, que se nos permita funcionar legítimamente desde una oficina de Cambio Cubano en el país, y que se nos acepte domiciliarnos en la isla.
  ¿Hasta qué punto hemos avanzado? Esa es quizá la pregunta que se estarán haciendo ustedes. Somos optimistas.  Por una parte, el gobierno cubano ha permitido nuestras visitas a la isla con relativa libertad de acción y ha tolerado la distribución limitada de nuestra literatura política. Puede parecer «muy poco», en la opinión de un crítico apurado por ver cambios radicales e inmediatos. Puede parecer «poquísimo o nada», a los ojos de alguien abierta o secretamente interesado en propiciar un descalabro en Cuba.  Pero a la luz de cuarenta años de autoaislamiento y de pensamiento parametrado, ¿cómo explicar la tolerancia ante mis visitas, incluso tras haber pronunciado el primer —¡y muy duro- ! discurso de un oposicionista en presencia de altos funcionarios del gobierno?
  Los cínicos siempre aducen: «Fidel está usando a Menoyo.» Si así fuera, por el provecho que ello trae para la agenda de los cambios, yo diría: ]Que me use] Ahora bien, ¿no sabe de sobra Fidel Castro, cuya astucia política es algo que no le niegan sus más acérrimos enemigos, que -el gusto por las libertades es algo que se abre paso con fuerza incontenible?
  Es en este punto que me permito asegurar que el gobierno cubano estaría en disposición de conceder más a partir de la certeza de compromisos serios que trasciendan el lenguaje preadolescente de «tú o yo», suplantándolo por el diálogo franco que se basa en el «tú y yo».
La visita de Su Santidad Juan Pablo II a Cuba debe suscitar una revisión que enriquezca las posibles visiones y recetas sobre Cuba y, claramente, sobre las enfermizas relaciones entre Washington y La Habana.
  Un alentador cambio de mentalidad, en sus inicios y en su apariencia tenue, llegó hace unos días con el anuncio desde Washington de que se suavizarían las restricciones de viajes y remesas a la isla.    Aunque un tanto adelgazado en su alcance por la aparente necesidad de aclarar que «EE.  UU. actúa de esta manera pensando en una Cuba postcastrista» no hay duda que esta decisión norteamericana abre un camino posibílitador de políticas más audaces y novedosas de los EE.  UU. en cuanto a Cuba.
  Los invito a que se pregunten conmigo: ¿Qué pasaría si EE.  UU. dejase a un lado el lenguaje de la desconfianza interesada en cuanto a Cuba y se dispusiera a un diálogo constructivo ?
  Se alega que la Ley Helms-Burton tiene atadas las manos del Presidente Clinton y que es por esa razón que se habla de una era «postcastrista”.  Sin embargo, ¿como explicar el contrasentido de aspirar a una transición pacífica cuando se excluye del plano de la misma a una de las partes, en términos que parecen destinados a incitar a su eliminación por vías dudosamente pacíficas?
  Los invito a que se pregunten conmigo: ¿Qué pasaría si EE.  UU. comenzara a aceptar que, al igual que carece de ética sostenible continuar  por mas tiempo el sistema de partido único en Cuba, es hora de coincidir con el Papa en el reconocimiento de que el embargo tampoco es ético?.
  Me parece que una afirmación de esta naturaleza, dicha si se quiere como una interrogación candoroso del presidente norteamericano, haría más por un proceso de cambios, allá y acá, que todas la leyes de presión ensayadas hasta hoy día, inútiles en casi todo menos en causar penurias y dolor al pueblo cubano.
La isla atraviesa ahora mismo una crisis que no puede esconderse tras estadísticas de crecimiento, como no puede taparse el sol con un dedo. Llevo cuatro años, sin cansarme, hablando del riesgo de un posible colapso de la economía cubana que podría hacerse inatacable. .
Por Eloy Gutiérrez Menoyo