El mundo contra la guerra
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Editorial
Las manifestaciones masivas que tuvieron lugar en todo el mundo el pasado fin de semana son una demostración palpable de que el rechazo a la política belicista de la pandilla petrolera de la Casa Blanca se ha generalizado de manera impresionante.
  Tras el atentado del once de septiembre los provocadores pendencieros tomaron el proscenio y lograron intimidar a todos. Sus voces enardecidas y ultrajantes se escuchaban en todos los escenarios A aquella timidez ha sucedido una toma de conciencia y pasos hacia la acción.
  Tras la desaparición de la Unión Soviética quedó una sola potencia en el mundo y Bush y su ávida camarilla de magnates petroleros estimaron que su omnipotente presencia en el panorama mundial les permitiría todos los atropellos y tropelías sin restricciones.
  El pusilánime retroceso de los rusos en los frentes mundiales otorgó una patente de corso al trío de rufianes Cheney-Rumsfeld-Condoleezza.
  Pero ha surgido un segundo poder. Ayer el New York Times reconocía que la fractura de la alianza occidental sobre el asunto iraquí recuerda que existen dos superpotencias y calificó a la segunda como la Opinión Pública Mundial, a la que calificó como un adversario tenaz que está enfrentándose cara a cara con el mandatario estadounidense.
  La concentraciones de personas en las principales capitales del mundo, los millones de manifestantes en las fundamentales avenidas y plazas del orbe, demostraron, con su ira y su activismo, que no están dispuestos a admitir mansamente que una cuadrilla de advenedizos intrigantes hunda al mundo en un mar de sangre y en una espantosa recesión económica que arrebate el pan de la boca de los niños.
  Los asesores de Bush le están aconsejando que siga adelante con la contingencia bélica, ignorando las voces adversas. Otros, políticos más sensatos, afirman que no debe irse a un conflicto armado cuando la gestión de los inspectores de la ONU puede lograr una avenencia sin sangre.
  La resistencia de Francia y Alemania a uncirse al carro de la guerra, de una parte, y el acatamiento humillante de Blair, Aznar y Berlusconi, de la otra, evidencian que la contienda tendrá serias consecuencias políticas para los claudicantes.
  Ayer, los Ministros de relaciones exteriores de veintidós países árabes llamaron a las naciones del Islam a abstenerse de ofrecer cooperación militar, o de otra índole, a cualquier posible campaña contra Irak.
  De otra parte, rusos y chinos están recuperando algo de su antigua acometividad y se oponen al atropello contra los árabes. Turquía se debate en contradicciones y una fuerte oposición interna a la guerra frena los intentos de sus dirigentes de aparearse a la empresa de la guerra. El fracaso de Colin Powell en la presentación de hechos fehacientes que demuestren que Sadam Hussein posee armas estratégicas deja desnudo el propósito camorrista y bravucón del gobierno de Bush.
  Si a estas manifestaciones de los últimos días se añaden las que han venido ocurriendo en los últimos años en torno a los eventos empresariales de Davos y las cumbres de los países industrializados veremos que existe una impugnación mundial cada vez más madura y organizada hacia el sistema globalizador.
  Los pueblos se niegan a ser utilizados como carne de cañón para satisfacer a los mercaderes de la energía. Esos lemas que vimos en los carteles de los desfiles: "No dar sangre por petróleo" y "¿Cuántas vidas por galón?", demuestran que existe una generalizada comprensión de los verdaderos móviles del conflicto.
  La guerra contra Irak pudiera convertirse en un segundo Vietnam, con una refutación masiva del pueblo norteamericano a sus autoridades, un descrédito de los valores nacionales y una deshonra de los principios de la llamada democracia. Ese es el tipo de contingencia al que Bush está conduciendo a los estadounidenses. .
por Lisandro Otero| La Habana